Cuando llegué, el avión estaba prácticamente lleno.
La crisis de la modernez de no facturar se me pasó cuando una señora muy amable me recordó que aún me quedaba un sitio debajo del asiento...
Tres o cuatro maniobras después, el desconocido que iba a ser mi compañero de viaje me ofreció ayuda; yo le respondí un "gracias" que sonó a súplica... y al ir a agradecérselo de verdad con una sonrisa, lo bauticé.
Zidane pasó un viaje malísimo.
Lo miraba de reojo y veía como cerraba los ojos tocándose la frente.
Al otro lado, mi amiga aviofóbica me apretaba la mano cada vez más fuerte y en más de una ocasión me planteé darle la izquierda a él... que pareció oirme pensar y, clavándome sus ojos transparentes, me dijo: "¿No tendrás un ibuprofeno?". Con acento francés, me explicó que cada vez que viaja le estalla la cabeza. Que siempre lleva algo, pero esta vez lo había olvidado... Y de dónde era... porqué viajaba... a dónde iba... a qué se dedicaba...
Las dos horas y media pasaron volando (nunca mejor dicho) y agradeciéndome otra vez haberlo salvado, mientras me cambiaba la pastilla por un nuevo encuentro (ey, ¿eso no tendría que haberlo dicho yo?), ayudándome a sacar mi maleta de ese minúsculo espacio... ví que estaba casado.
1 comentario:
Empiezo a creerme lo de que no se salva ni uno.
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